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Domingo, noviembre 19, 2017
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Apuntes del ornitorrinco

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Los indecisos imprecisos

 

Decidir no siempre es fácil, pero siempre es necesario. La acción de no decidir es tomar una decisión en sí misma, la de no actuar. La mayoría pide consejo, pero los consejos sirven solamente para contrastar nuestra experiencia con la de los otros. Cada vida y cada circunstancia son distintas. Por eso las decisiones deben hacerse con la cabeza fría, no bajo presión, no en medio del enojo, la frustración, o cualquier otro arrebato.

Cada día y en cada hora tomamos decisiones. Nacimos para ello. Lo hacemos desde niños, lo hacemos aún mientras dormimos. Cada decisión cambia el rumbo de nuestra vida pero todas nos acercan a la muerte, que es el fin último, el grado máximo de crecimiento y aprendizaje logrado. Por decirlo como Heidegger, somos seres para la muerte. Eso nos asusta, nos empuja a la indecisión, que es hija del miedo.

Entonces, el miedo. Es natural sentirlo, es deseable, se trata de una de esas tendencia humanas atávicas destinadas a la autoconservación. Controlarlo es necesario porque sin gobierno nos anula, nos aniquila. En su célebre novela Dunas, Frank Herbert crea personajes de altísima calidad, entre mis favoritas se cuentan las brujas Bene Gesserit, cuya letanía contra el miedo reza:

No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré yo.

El miedo puede paralizarte primero, quebrarte después, y matarte finalmente. Así pues, para seguir tomando decisiones, debemos controlar el miedo. Porque a veces se desata tanto, que hasta las más pequeñas se contaminan. Esas decisiones que ni siquiera hacemos conscientes pero que tomamos a diario, se vuelven mopnstruos que nos aplastan.

¿Qué no es cierto? ¿Se ha topado con gente que tarda mucho en decidir si comprará una paleta o un helado? ¿Le ha tocado detenerse en el auto tras algún conductor que ignora si dar vuelta a la derecha o a la izquierda? Hay gente que posterga las decisiones, importantes y pequeñas hasta el último momento y frente al puente no sabe si cruzarlo o quedarse de este lado para siempre.

Sucede con muchas otras cosas, como quedarse en una relación, un trabajo, escuela o domicilio en el que ya no se está bien, en el que ya no se es uno mismo, porque el miedo te paraliza, y se pierden no días o semanas, sino años, a veces hasta décadas, como si la vida nuestra se contara por cientos.

Tener momentos de indecisión es normal. Hay decisiones que deben ser largamente meditadas, sopesadas en sus causas, analizadas en sus consecuencias, contrastadas contra los casos de otros, atendiendo a las similitudes y las diferencias de actores y circunstancias, eso que ni qué.

No puede ocurrirnos en cada paso empero, no se puede vivir tan envenenado con el miedo. Hay que determinar su origen, dejarlo correr pero con un freno si hace falta, dejarlo salir dosificado, enfrentarlo, y poco a poco, hace que pase, se diluya. La letanía de las Benne Gesserit arriba citada es un auxiliar formidable.

Cada día estamos ante puertas diversas y cada una conduce a diferentes versiones de nosotros mismos o de nuestras vidas, todas las decisiones conducen a ello. Desde cómo vestirte, cómo peinarte y en qué transporte viajar, hasta amar o no hacerlo, trabajar o divertirte, dormir o hacer algo más. Todo contribuye a renovarnos diariamente, cada paso es el inicio de una aventura porque incluso en lo que parece una rutina, se esconde siempre la oportunidad de crecer.

Estoy indeciso, no sé si terminar aquí la columna de hoy, pero… está bien, nos leemos después. |@Picazojp

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