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Domingo, noviembre 19, 2017
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Apuntes del Ornitorrinco

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El hombre de la esquina

— En esta esquina había cuatro casas. Me dice.

Miro junto a mí y un hombre maduro acaba de pararse a mi lado y observa con ojos nublados la pala mecánica que remueve los escombros levantando nubes de polvo. Su voz suena cansada. No llora, quizá ya lo hizo demasiado, o se controla porque pertenece a esas generaciones a quienes nos enseñaban que “los hombres no lloran”.

A nuestro alrededor la gente va y viene con víveres, ropa, colchonetas y demás. Mi equipo, el equipo de reporteros, camarógrafos, productores y fotógrafos de Eje Sur Noticias, y el equipo del Dr. Payaso, a quienes acompañamos a su gira por las zonas afectadas por el terremoto, caminan ya hacia las camionetas para trasladarnos a otro albergue.

Estamos en Jojutla, durante las dos semanas precedentes he leído infinidad de mensajes de gente que dice ya no vengan, que dice vayan a otras comunidades, acá hay suficiente ayuda. Al verlos instalados en los albergues, en las calles, puedes saber que lo que hay no es, no será suficiente.

Foto: Juan Pablo Picazo, conscriptos del SMN, en la zona cero de Jojutla S-19, Eje Sur Noticias, MorelosEl hombre calla. Se apoya en uno de mis hombros distraídamente y me señala: — Allá estaba yo cuando me salí corriendo, y vi como se cayó todo. Todavía duele cuando te acuerdas, o cuando vengo aquí, a ver como se llevan mi casa por puros pedacitos. Frente a nosotros pasa un grupo de conscriptos del Servicio Militar Nacional al mando de un elemento militar con el distintivo amarillo del Plan DN-III, llevan palas, guantes, y sus gorras rojas distintivas.

Pienso, al ritmo que se nos movemos sociedad y autoridades, la tragedia puede instalarse a pleno gusto y perpetuarse, como pasó a muchos damnificados de la Ciudad de México luego del sismo del 19 de septiembre de 1985. Pasaron años, y hubo familias que jamás fueron reubicadas.

Y no, no eran damnificados de fábrica, estaban en los censos, pero se quedaron en la calle por tecnicismos, o porque no eran propietarios pero igual lo perdieron todo; la Unión de Vecinos y Damnificados 19 de septiembre (UVyD19), casi 10 años después, seguía organizada para hacer gestiones, administrar refugios, y preparar talleres, cursos, y otras actividades de empoderamiento y reactivación económica.

El hombre sigue hablando. — De aquella casa, casi toda la familia se murió… Mi mente se reparte entre los recuerdos de mi contacto con la UVyD19, la certeza de que el equipo de Eje Sur Noticias, y el equipo de Dr. Payaso han abordado las camionetas. — …nada más se salvó una muchachita que ya se quería matar porque se había quedado sola… La pala mecánica levanta una porción más de escombro, y él me dice: — ¿Ves ese zapato? Ahí junto a las maderas que eran una mesa, esos los usaba para trabajar. Escucho el nudo en su garganta y se me nublan los ojos también el nudo caliente aprieta. Toso, aspiro fuerte y parpadeo.

Cierran las camionetas. No puedo irme, tengo que escucharlo. De todos los presentes me ha elegido para contarme la historia, su historia del terremoto. — Yo ya no tenía nada, pues. Bueno si, un hijo que vive en el gabacho y no se ha comunicado, y la casita, pero ya no se pueden trabajar otros veinticinco años para alevantarla de nuevo.

Con el rabillo del ojo veo que las camionetas empiezan a moverse, me olvido de la UVyD19, y lo miro: Cara triste, resignada. Pelo entrecano, más alto, más grueso que yo. Lleva en las manos unas bolsas con kilos de arroz y otra con medicamentos. —A mí el que me ha ayudado mucho es el Doctor Larios, ahí me prestó un rinconcito. Suda a mares en el calor húmedo mi mente divaga otra vez ¿cómo aguantan el calor los policías vestidos de chaleco azul marino, casco y pasamontañas? — Hay que seguirle, pues. Nos vemos.

Se va. Las camionetas ya avanzan penosamente por las calles de Jojutla, y las alcanzo golpeando con los nudillos el vidrio del copiloto. Se abre la puerta corrediza y me ven con cara de quien se encuentra con una estampa repetida para su álbum— ¿Qué no ya estabas arriba? Desconcierto y risas. Nos vamos, otros albergues, otras historias nos esperan.

 

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Juan Pablo Picazo (Cuernavaca, México, 1967) Periodista, poeta y narrador. Autor de las columnas Onirosofía, Noctívago, y El ornitorrinco publicadas en La hormega, blog literario y político, ha publicado los libros Palabras pendientes, (Sedesol/Gobierno del estado de Morelos, 1995) y Crónicas de la ciudad Tlahuica y otros cuentos (Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 2000). Su obra ha sido antologada por Margo Glantz en Flores de baria poesía en la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México; en Letras y andanzas (Perro Azul, Cuernavaca, 2005); en Las virtudes (Alforja, 2007), y La Calle: domicilio conocido (Ediciones Clandestino, 2010). Actualmente es director editorial de Eje Sur Morelos (www.ejesur.com.mx), una de las empresas del Centro de Comunicación Digital (Cecom).
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