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Domingo, noviembre 19, 2017
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Apuntes del ornitorrinco

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Estar en nuestra misma ciudad distinta cada día

Las ciudades son como las personas, con el tiempo su rostro, su corazón, cambian. Tanto para unas como para otras. Creo en esa verdad dual, en esa verdad de los opuestos que expresaba Heráclito: «En los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos.» Frase mucho más rica que la cita de Platón en el Crátilo y que es de dominio público.

Y cuando cambian, por lo general, las ciudades lo hacen paulatinamente, como uno mismo. Aquello de «genio y figura, hasta la sepultura» me parece un engaño que, cómo decía Rosario Castellanos,atiende signos falsos. Y si pues, hay rasgos que se conservan en unas y otras, y eso nos da la sensación de permanencia.

Imagina que Cuernavaca es tu infancia, que sus calles son tuyas. Imagina que sus edificios, sus gentes, sus campanarios, sus parques, sus banquetas con todo y sus vendedores, sus perros, sus gatos, todo te pertenece desde siempre; y al salir a la calle, te encuentras con cintas amarillas, marcas rojas que son condenas a eutanasia, bardas caídas, una Latinoamericana que parece mordida o pisada por un gigante.

Te dueles en verdad. Ya sabes que otras ciudades morelenses, y que incluso Tenochtitlan, la neurópolis, vivieron momentos más tristes y dolorosos, si. Eso no te consuela sin embargo, cuando alzas la vista para observar el paisaje urbano habitual y te topas con un torreón del Palacio de Cortés a punto de caer dejando en el suelo ese reloj que marcó el tiempo del mundo durante tantos años.

Imagina que cuando eras niño Cuernavaca era tuya con sus tiendas y tendajones, sus viejos camiones urbanos, y sus lecheros de a caballo, caminas rumbo a una diligencia jurídica, burda burla de la realidad, y te percatas que algunos comercios, ya antiguos antes de que mudaras tus dientes, siguen ahí, enteros como sus dueños esperando a su clientela de siempre.

Cada piedra que cayó –y algunas siguen ahí, como las desprendidas del Palacio de Cortés– te habla del cambio, del desgaste, de la transformación y de la muerte. Las palabras de Jaime Sabines, regresan a la voz desde la memoria: «Dios hizo la muerte para que la vida, no tú ni yo, la vida, sea para siempre.» Acaso por eso además de las personas, también los edificios y las ciudades y los imperios caen.

Pero Cuernavaca es tuya aunque sea extraña ahora, aunque ya no se parezca a esa ciudad donde el Palacio de Gobierno siempre estaba abierto y sin guardias de seguridad; aunque ya no sea esa ciudad que carecía de rejas en las calles, donde se podía caminar de noche libremente. Ahora es otra, tú también.

No es mera nostalgia. La ciudad que es deja de ser en el mismo acto, de acuerdo con Heráclito, el sismo ha cambiado las cosas de modos que aún están por verse, muy lejos de los sesudos análisis, muy cerca de las posibilidades y las decisiones que siempre están por venir.

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Juan Pablo Picazo (Cuernavaca, México, 1967) Periodista, poeta y narrador. Autor de las columnas Onirosofía, Noctívago, y El ornitorrinco publicadas en La hormega, blog literario y político, ha publicado los libros Palabras pendientes, (Sedesol/Gobierno del estado de Morelos, 1995) y Crónicas de la ciudad Tlahuica y otros cuentos (Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 2000). Su obra ha sido antologada por Margo Glantz en Flores de baria poesía en la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México; en Letras y andanzas (Perro Azul, Cuernavaca, 2005); en Las virtudes (Alforja, 2007), y La Calle: domicilio conocido (Ediciones Clandestino, 2010). Actualmente es director editorial de Eje Sur Morelos (www.ejesur.com.mx), una de las empresas del Centro de Comunicación Digital (Cecom).
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